Por Marcos Lovera, Speaker Internacional | Profesor Universitario
Por estos días, en las cámaras inmobiliarias y oficinas de corretaje de América Latina, la conversación sobre Inteligencia Artificial todavía oscila entre la curiosidad de los portales nuevos y el escepticismo del “negocio de relaciones”. Mientras tanto, en los laboratorios tecnológicos, el ritmo de avance está ocurriendo a una velocidad nunca vista.
En febrero del 2020, pocos inmobiliarios imaginaban que el mundo se detendría y que los recorridos virtuales serían la única forma de mostrar una propiedad. Hoy, algo similar ocurre con la IA: la mayoría percibe que “está creciendo”, pero no dimensiona que el impacto estructural en la propiedad y su comercialización ya comenzó.
La diferencia es que esta vez no se trata de un virus. Se trata de inteligencia aplicada al ladrillo.
De herramienta útil a reemplazo funcional
Durante años, la IA en el sector fue vista como un apoyo: mejoraba la resolución de una foto o ayudaba a redactar una descripción de un aviso. Sin embargo, en los últimos meses el salto ha sido significativo.
Los modelos recientes ya no solo asisten; ejecutan procesos completos:
• Análisis de activos: Evalúan contratos de alquiler y detectan riesgos legales en segundos.
• Proyecciones financieras: Redactan informes de factibilidad para nuevos desarrollos.
• Gestión comercial: Administran la atención al cliente y la calificación de leads con una autonomía que hace dos años era impensada.
Lo que comienza en la tecnología pura, termina expandiéndose a la economía real y al suelo urbano.
¿Qué significa esto para el Real Estate en América Latina?
Latinoamérica enfrenta una paradoja en su mercado inmobiliario. Por un lado, la región tiene una alta proporción de empleo en gestión administrativa y soporte técnico (back office de inmobiliarias, administración de consorcios, soporte de portales), roles altamente automatizables.
Por otro lado, la baja productividad y la informalidad del mercado regional generan tres impactos potenciales:
- Presión sobre el empleo operativo: Los roles de entrada en grandes inmobiliarias y estudios de arquitectura (analistas básicos, cadistas, gestores de datos) enfrentan una reconversión forzada. El riesgo no es si la inmobiliaria adoptará la IA, sino qué tan rápido lo hará su competencia.
- Brecha de productividad: En mercados con márgenes ajustados y volatilidad (como Argentina o México), la empresa que reduzca el tiempo de tasación de tres días a tres minutos no solo ahorra costos; gana la captación de la propiedad. La agilidad será determinante para sobrevivir.
- Oportunidad para la PropTech: La IA reduce las barreras. Hoy, un pequeño corredor puede:
o Prototipar un desarrollo inmobiliario sin un gran equipo técnico.
o Automatizar su marketing y atención al cliente con bajo presupuesto.
o Acceder a análisis de mercado de nivel global por una fracción del costo tradicional.
El desafío estructural: El factor humano
Si algo queda claro es que el modelo tradicional de “corredor de propiedades” está bajo tensión. La ventaja competitiva ya no será solo tener la cartera de inmuebles, sino la capacidad de:
- Construir criterio estratégico: Interpretar los datos de la IA para asesorar al inversor.
- Gestión de relaciones: La confianza y el cierre de una operación compleja tardarán más en ser reemplazados que la carga de un aviso.
Las tareas repetitivas (publicar avisos, responder consultas básicas) están expuestas. Las capacidades relacionadas con el liderazgo en negociaciones y la visión sistémica del mercado son el refugio de valor.
Una ventana breve
Hoy existe una ventana de oportunidad. En la mayoría de las inmobiliarias latinoamericanas, la adopción avanzada de IA todavía no es masiva. Quien se adelante -profesional, desarrollador o broker – puede generar una ventaja competitiva tangible.
En seis meses, esa ventaja puede haberse reducido porque la historia muestra que estas transformaciones no esperan a que los mercados locales se pongan al día.
La IA en Real Estate no es un debate académico. Es el cambio de cómo viviremos y transaccionaremos el suelo. La pregunta es quién aprenderá a surfear esta ola y quién seguirá discutiendo si el mercado realmente está cambiando.




